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Y yo los miro sin querer mirar...

Ya no contagio, segunda temporada

   “Hace casi una hora llegué a casa... Fui a ver una obra de teatro con una amiga.Una obra "no comercial" me refiero a que no está sobre la Av. Corrientes, con increíbles carteles y gente "famosa". No. Es más del estilo "Off" o "Teatro independiente"... Donde sí, quizás se juega un poco más con las actuaciones, con la puesta en escena, con el experimento. Debo confesar que los primeros ¿15/20 minutos? mucho no entendía. Se lo dije en voz bajita a mi amiga y con una risita, me confirmó que ella estaba tan a la deriva como yo. Muchos juegos de luces, sonidos, movimientos, diálogos colgados que no lograba unir para darle forma a la trama... si es que la había.”
    El comentario que “Blackbird” registra en una entrada de su blog (dejatellevardejaloser.blogspot.com) parece condensar lo que hasta los espectadores más advertidos podrían decir luego de asistir a una función de Ya no contagio. Obra de teatro de Ezequiel de Almeida, la segunda después de Madre o selva, que se re-estrena desde abril en el Teatro Payró.
    La pieza sorprende al espectador desde varios flancos a la vez. Se trata de una narrativa en línea con la ciencia ficción, que pone en juego algunos motivos típicos, como los desarrollos tecnológicos (la casa donde habitan los personajes se comporta como una PC gigante que todo lo registra) y la paranoia propia del género en los años ‘50 (en correspondencia con la contemporánea capacidad de ser “espiados” por cámaras y rateados según el interés de la audiencia). Esta estrategia nos compromete a todos como espectadores que están a la vez dentro y fuera de la obra, y esa interpelación nos conmociona aunque al principio no entendamos bien qué se espera de nosotros. Los efectos visuales y los recursos sonoros exaltan el ambiente futurista que se quiere lograr. Es innegable que se le dedican muchos momentos y cortes/suspensiones descriptivas al despliegue de estos elementos “fuertes” de la puesta en escena.

Erótica y tabú

   Si desde algún lugar esta obra puede provocar, incomodar o generar sentimientos encontrados será a partir de las escenas “hot” que, desde que se enciende la luz por primera vez, asaltarán al espectador y pondrán en evidencia su condición de voyeur involuntario (y entonces, ¿qué pasa si decido quedarme a mirar?).

   Cuatro chicas en ropa interior, pero con zapatillas, que se intercambian sus culottes al tiempo que exhiben sus saludables glúteos divagan y miran videos de fiestas pasadas. Lio, el único habitante masculino de la casa, toma notas mentales mediante un dispositivo adherido a su muñeca. La casa tiene una voz y una memoria que puede ser invocada con sólo dirigirse a ella.

   Los encuentros entre ellas simplemente suceden, parece que es fácil acercarse y besarse, acariciarse y exhibir el cuerpo propio y de otras. A veces, es una luz que baña a la joven que baila y mira tentando al espectador. Otras, la escena parece cerrada en sí misma, la luz muestra lo que no podemos alcanzar más que con la vista. Es una erótica histérica y a la vez tierna, como si fuera producto de la costumbre más que de la pasión.
   A mitad de la representación se produce un cambio en el discurso que hasta ese momento era poco más que descriptivo. De hecho, se podría decir que la obra no tiene más que un punto catalítico a partir del cual se da una reacción en cadena y donde cada uno de los personajes ejecuta su papel sometido por la inercia del desenfreno festivo. Aparece un sexto personaje, Tilo, un borde hermano de una de las chicas, que entra a la casa para seducir a Lisa. Tiene que hacerlo para disuadirla de enamorar al Padre (aunque esta función no se la dijeron). Es decir, sexo entre chicas y chicos todo mezcladito está bien, pero con mi papá no te metas.
   Y es acá donde percibimos el tabú cultural, que a primera vista no tenía lugar en este mundo desinhibido. En este mismo sentido, podremos llegar a sentir que la tensión erótica que se genera entre Tilo y su hermana es más inquietante (porque la prohibición del incesto la torna imposible) que cualquier besuqueo lésbico que hayamos visto.

Se va la segunda

   Había comentado al comienzo de esta nota que se trata de la segunda obra de Ezequiel de Almeida, dramaturgo y director. Almeida estrenó en 2008 su primera pieza, Madre o selva, la cual escribió, dirigió y protagonizó. En aquella ocasión observamos por primera vez que su narrativa estaba influida por el espíritu posmoderno de algunos directores de cine orientales de esta última década y por novelistas como Michel Houellebecq (La posibilidad de una isla, 2005). Como en los casos mencionados, en sus obras se produce una mezcla de géneros muy fecunda y la sensación que le queda al receptor es una especie de desencanto, un pesimismo eufórico que se va quedando afónico.
  Madre o selva tiene el anclaje en la relación con la Madre, que se presenta como un contrapunto de cierre a la salvaje y alucinatoria relación entre los hermanos, su padre, la mujer joven, la mujer mayor y Wally.
   En Ya no contagio no parece haber un “afuera” de las relaciones circulares que se presente como deseable. Hay reemplazos, sustitutos y guionados que podemos reconocer en las preguntas que realiza constantemente el visitante quien, como nosotros, entra desprevenido en el juego escénico sin saber cuál pueda ser su función ni tampoco la de los habitantes de esta casa. La obra se cierra en el goce redundante de su erótica musical.

Ya no contagio, escrita y dirigida por Ezequiel de Almeida

Julia Bujman, Cumelén Sanz, Agustina Bártoli, Carolina Sturla, Martín Soler, Federico Di iorio

Viernes, 23hs.

Teatro Payró, San Martín 766

yanocontagio.blogspot.com

Coca cola - Menos críticos, más negación


O de cómo una propaganda puede resumir tan perfectamente el programa global del capitalismo












¡Llegó Andy Warhol!

Andy Warhol en la Argentina. Andy Warhol en Buenos Aires. Andy Warhol de América, según la lectura curatorial de Philip Larratt-Smith. La muestra Andy Warhol. Mr. América inauguró el jueves 22 de octubre con una concurrencia inusitada: se comenta que asistieron a la vernissage 6.000 personas (la muestra se inauguró oficialmente el viernes 23 y continúa hasta el 22 de febrero de 2010). En sus momentos más dramáticos – a eso de las 19.40 hs.- se podía ver en la puerta la cola de gente que pugnaba por ingresar y era detenida en su intento por los guardias de seguridad del museo. Una larga fila que reunía artistas visuales, infaltables eventeros, señores y señoras paquetas, personas relacionadas con la moda (fotógrafos, diseñadores de indumentaria, modelos de ayer y de hoy), celebrities locales y muchas personas que parecían asistir por vez primera a una inauguración e, incluso, a un museo. Quizás esta muestra es vista como la excusa perfecta para exhibirse como un objeto de consumo visual. De hecho, por los comentarios que se escuchaban en las salas, los asistentes parecían más fascinados por mirarse unos a otros que por la oportunidad de ver las obras de Warhol.
La curaduría de Larratt-Smith, quien supo ser asistente de la famosa escultora Louise Bourgeois, es de una impecable cronología y abarca todos los períodos del artista. La muestra ocupa el 2º piso del Malba, incluido el pasillo que lleva al ascensor, y una sala del 1º piso. Organizada en discretos núcleos temáticos y punteada por reflexiones de Andy Warhol (aquí se conocen las publicadas por Tusquets en el libro Mi Filosofía de A a B y de B a A), exhibe serigrafías sobre tela y papel, videos –entre ellos los “Screen test” que se mostraron en el museo hace poco más de cuatro años-, fotografías polaroid y de cabina y dos instalaciones (“Silver clouds” y “Cow wallpaper”).

Los “Self-portrait in drags”, seis pequeñas Polaroid de 1981 –la primera como el Tío Sam-, reciben al visitante y lo guían hacia el autorretrato rosa fluo sobre tela que nos lo muestra en su clásico atuendo. Al costado una pequeña sala blanca contiene la célebre imagen de la lata de sopa Campbell, en diez versiones (o sabores). A continuación se abre la sala que expone un conjunto de íconos emblemáticos de EUA: el edificio Empire State, la Estatua de la Libertad, los grabados del billete de un dólar: aquí está expuesta la tesis del curador, marcada por las leyendas en las paredes que explicitan la pertenencia/pertinencia americana del artista.
La sala que sigue, la de la muerte mediatizada, muestra las serigrafías “Little electric chair”, “Suicide”, “Five deaths”, “Car crash”. Temas siniestros tratados en estridentes colores chillones, salvo algunos como “Suicide –silver” que se acompaña por la leyenda “…el plateado hace que todo desaparezca”.
La gran obra “Flash – The death of JFK” conformada por 24 cuadros con texto e imágenes convive en la otra sala con un conjunto de ocho serigrafías sobre lino en gris y azules que tematizan a Jackie Kennedy el día del entierro (“Es lo mejor que hizo en su vida, estaba encantadora, como una santa”, comenta A.W. desde la inscripción en la pared).
No podían faltar, a continuación, las psicodélicas Marilyns, en nueve versiones, una de ellas pintada con acrílico.
La tela de Mao abre la otra salita, con ese amarillo estridente molestando en el cuello. Esta es la sala de las creencias y encontramos retratados a Lenin, Mc Govern, la Polaroid con la hoz y el martillo y la “Red Cross” (sobre negro). Pivoteando sobre la imagen de Mao entramos en el micro recinto que sigue, el de los anuncios publicitarios, donde los artistas de Hollywood conviven con los objetos de consumo haciéndose uno con ellos. Irónicamente la obra “Be a man, win a body” cita la vieja publicidad “…yo era un alfeñique de 50 kilos y gracias al curso de Charles Atlas…”. Un poco como la competencia de la Costa Oeste que da  título a la exposición.
En la última sala encontramos el video “Blow Job” – “El sexo es una ilusión” dice, entre otras cosas, la cita de Warhol. Sexo y Marlon Brando, reproducido en gran tamaño en el afiche de “Un tranvía llamado deseo” como ícono del joven americano, rebelde y sexy sobre su moto. El autorretrato recortado del ’86 cierra la sala del 2º piso. En el pasillo, obras como “Jerónimo”, “John Wayne” y “Moonwalk” nos hablan de la historia americana, sus puntos de salida y de llegada, vistos desde los estereotipos construidos por los medios.

En la sala del primer piso se ubican las fotografías a artistas, amigos y celebrities, así como autorretratos. También los “Screen test” y un video en gran pantalla (aunque con sonido deficiente) del año ’65. Esta sala incluye comentarios acerca de la relación de Warhol con su cámara de fotos Polaroid (que, como su grabador Sony, llevaba consigo a donde fuera) y de las relaciones entre fama y riqueza “que son muy diferentes del bien”.
El curador quiere mostrarnos que la obra de Warhol es un espejo de su tiempo, de su país y de las patologías que exuda el “sueño americano”. Las célebres imágenes de Pelé con la pelota y Mohamed Alí con los puños en alto, que cierran esta sala, nos devuelven a esa sensación ambigua – ¿es crítico, conservador, afirmativo,  reiterativo, controversial?- que genera siempre el arte pop, ese genuino producto artístico estadounidense de exportación.